sábado, 18 de agosto de 2012

La doctrina bíblica de la familia


 Muchas personas tiene una idea de cómo debe ser la familia y que es la familia para el Creador, pero lo que es importante es entender cuál es el propósito de Dios para la familia, por lo que presentaremos el estudio de este tema basado en los comentarios de “Buswell, J. Oliver” en el tomo II del libro de Teología Sistemática y recordando que el concepto de familia nace en el propio corazón de Dios.

1. La interpretación de Cristo
Un breve resumen de la doctrina bíblica acerca del matrimonio y la familia debe empezar con las palabras de nuestro Señor Jesucristo según él interpretó el relato de Génesis de la creación del hombre y la mujer. Estas palabras y su contexto son como sigue: «Entonces vinieron a él los fariseos, tentándole y diciéndole: ¿Es lícito al hombre repudiar a su mujer por cualquier causa? Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así» (Mt 19:3–8; cf. Mr 10:2–9).
Aquí Cristo se refiere a Deuteronomio 24:14 y al relato de Génesis: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:27). «Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al Hombre. Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; esta será llamada Varona, porque del varón fue tomada. Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Gn 2:22–24).
Así Cristo mismo hace claro que el matrimonio como instituido por Dios debe ser monógamo y permanente.
2. La interpretación de Pablo
El apóstol Pablo cita las mismas referencias de Génesis y las aplica metafóricamente a Cristo y a la Iglesia, pero también da la aplicación literal como un mandamiento. «Cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido» (Ef 5:31–33)
En palabras más explícitas Pablo, al contestar una pregunta dirigida a él en una carta de Corinto, hacen obligatorio para todos los cristianos el mandato de un matrimonio monógamo y fiel. Evidentemente algunos cristianos en Corinto habían abogado por el celibato. Creo que el primer versículo del capítulo siete de 1 Corintios debería ser puntuado con un signo de interrogación. «En cuanto a las cosas de que me escribisteis, ¿sería bueno que el hombre no tocara a una mujer?» Si tengo razón o no en mi conjetura de que Pablo estaba citando de la consulta, por lo menos su respuesta es negativa: «Pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer. No os neguéis el uno al otro, a no ser por algún tiempo de mutuo consentimiento, para ocuparos sosegadamente en la oración; y volved a juntaros en uno, para que no os tiente Satanás a causa de vuestra incontinencia» (1 Co 7:1–5).
Con estas palabras se ordena explícitamente la monogamia por autoridad apostólica no solamente para los oficiales de la iglesia, sino también para la iglesia entera. La relación entre marido y mujer debe ser completamente mutua, singular y exclusiva de ningún otro. Algunos han afirmado que la monogamia se ordena solamente para los oficiales de la iglesia. Verdaderamente se ha ordenado que un obispo, que es lo mismo que un anciano, debe ser «marido de una sola mujer» (1 Tes 3:2, 12; Tit 1:6), pero no es más correcto inferir que este mandamiento se limita a los oficiales de la iglesia que inferir que las otras cualidades tales como la sobriedad están también limitadas a ellos. Es de especial importancia que todos los atributos eminentes de la vida cristiana deban ser ejemplificados en el caso de los oficiales de la iglesia.
3. Abusos que se regularon
Es cierto que la poligamia, el concubinato, y la prostitución entraron en la sociedad humana desde tiempos muy remotos. Es evidente de la historia del Antiguo Testamento que, visto que el pueblo estaba en un estado bajo y degradado, Dios escogió eliminar estos males por un proceso gradual de la disciplina. El séptimo mandamiento, «No cometerás adulterio» (Éx 20:14), no era nuevo. Evidentemente el adulterio se entendía como la cohabitación entre un hombre casado con la mujer de otro hombre, aunque es claro del desarrollo de la ética bíblica que la intención de Dios en el séptimo mandamiento fue prohibir toda cohabitación fuera de la pura relación del matrimonio monógamo. También tiene que entenderse el séptimo mandamiento a la luz del décimo, que prohíbe los deseos adúlteros tanto como las acciones adúlteras. Se condenó la prostitución desde el principio (Dt 23:17).
Debe entenderse claramente que aunque el Antiguo Testamento no se opone clara y enfáticamente a la poligamia como lo hace el Nuevo Testamento, no obstante nunca se la aprueba o autoriza. Se controlaban sus males. La poligamia tendía a desaparecer gradualmente. Es razonable suponer que Levítico 18:18, «No tomarás mujer juntamente con su hermana, para hacerla su rival», es un mandamiento del Señor en contra de la poligamia como tal.
Es verdad que el profeta Natán cuando censuró a David le hizo recordar todos sus privilegios y dijo: «Así ha dicho Jehová, Dios de Israel … te di la casa de tu señor, y las mujeres de tu señor en tu seno…» (2 S 12:7, 8). Estas palabras han causado algo de confusión en el campo misionero donde hay culturas polígamas. Sin embargo, los estudiantes de la Biblia deben reconocer inmediatamente que este modo de expresión da a entender solamente la idea de que Dios había permitido provisoriamente lo que era la costumbre en aquel tiempo. Ciertamente no es legítimo entender que las muchas mujeres de David fueron un «don de Dios» de la manera que entendemos las palabras hoy.
Debe interpretarse este dicho de Natán según el uso retórico en que se dice que Dios movió a David a que enumerara a Israel (2 S 24:1) al permitir que Satanás provocara a David a hacerlo (1 Co 21:1). No es raro en las Escrituras que Dios sea designado como la fuente o el autor de lo que él permite. Una lectura cuidadosa del contexto completo nos es necesaria en tales casos para entender con nuestras mentes occidentales el verdadero significado de lo que enseñan las Escrituras. No son pocos los casos en que tenemos que entender los detalles de las reglas morales bíblicas a la luz de este principio.
4. Reglas bíblicas que gobiernan el divorcio
a. Los dichos de Cristo
He citado más arriba las palabras de Cristo con referencia al origen del matrimonio en el plan y providencia de Dios. Ahora juntaremos sus palabras sobre el tema del divorcio, y entonces las examinaremos juntamente con otras Escrituras.
En el relato de Mateo del dicho ya citado (Mt 19:3–12) preguntaron a Jesús: «¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla? Él les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así. Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera» (Mt 19:7–9). Nótese como él corrige la palabra «mandó» y la sustituye por «permitió».
El relato en Marcos (10:2–12) es el mismo en substancia, pero Marcos añade al final: «Y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mr 10:12).
Una enseñanza semejante pero en otro contexto se encuentra en Lucas 16:18: «Todo el que repudia a su mujer, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada del marido, adultera». En el Sermón del Monte (Mt 5:32) se da una enseñanza semejante: «Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casa con la repudiada, comete adulterio».
b. Principios de interpretación
Es un principio de interpretación bíblica que al exponer cualquier doctrina es necesario considerar todas las porciones de la Escritura pertinentes al tema. En general, ningún pasaje solo de la Escritura da toda la doctrina con todas sus calificaciones y ramificaciones. Esto es especialmente cierto en cuanto a la doctrina del divorcio. Las palabras de Cristo en Marcos 10:11 y 12 y en Lucas 16:18 no incluyen la excepción que permite el divorcio por razón del adulterio aunque esta excepción se declara explícitamente en Mateo 5:32 y Mateo 19:19. Además, las palabras de Cristo señaladas en los evangelios sinópticos no incluyen la excepción sobre la base del abandono irremediable, pero esto es explícito en 1 Corintios 7:15.
c. Antecedentes: la ley mosaica
Está claro que Cristo dio por sentado no sólo la ley mosaica según aparece en Deuteronomio 24:1–4 sino los abusos de la ley mosaica prevalecientes en su tiempo.
Ahora bien, la ley mosaica era una reglamentación humanitaria que impedía el divorcio fácil por razones triviales y que requería por lo menos un documento legal para la protección de la persona divorciada. Nada hay en la ley mosaica contrario a las palabras de Cristo. La ley tuvo todo el alcance que era posible en la reglamentación de un mal que prevalecía en la época de Moisés.
Es un hecho bien conocido que la ley del Antiguo Testamento incluye la ley civil, la ley criminal, y diferentes tipos de la ley secular, tanto como la ley religiosa. El estado del Antiguo Testamento era una teocracia, y las leyes seculares y religiosas no fueron completamente separadas. En nuestro estudio del Antiguo Testamento con nuestra doctrina de la separación de la iglesia y el estado, es necesario que tratemos de entender cuáles leyes eran civiles o seculares y cuáles eran religiosas. (Nota: También es necesario que separemos en nuestras mentes aquellas leyes que la iglesia visible puede exigir en el proceso de disciplina y cuales no pueden ser sujetas a disciplina en una manera práctica [por ejemplo, los pecados de las malas actitudes mentales].) Es sugerencia mía que la ley mosaica del divorcio debe considerarse como una norma mínima de la ley civil. Cristo la describió como una regla práctica para el pueblo pecaminoso y duro de corazón. La Biblia tiene muchas reglas y principios para la sociedad secular, y es necesaria la regla de que, si ha de haber divorcio entre la gente del mundo, por lo menos debe ser reglamentado por la ley para la protección de las personas implicadas.
En mi opinión es un error tratar de hacer el mandamiento de Cristo una ley civil obligatoria para todo el mundo, tanto cristianos como no cristianos. El mandamiento de Cristo ciertamente es obligatorio para todos los cristianos y debe ser exigido en la disciplina de la iglesia visible. La pregunta que traigo a consideración no es si el mandamiento de Cristo es una norma correcta para toda la humanidad. La pregunta es si esta norma debe ser un asunto de la ley secular y exigida por la autoridad civil o no. Sugiero que la ley mosaica es lo mínimo para los tribunales seculares, y que en cada cultura particular las leyes seculares debieran hacer todo lo posible para hacer permanente el matrimonio y salvaguardar la estabilidad de la familia. Por otro lado, la iglesia tiene la obligación de mantener las normas que Cristo ha dado a sus discípulos.
d. Los derechos de las mujeres
Las palabras de Cristo en Marcos 10:12 nos dan una de las pocas referencias en las Escrituras que enseñan el derecho de la mujer de divorciarse de su marido. Alford en su comentario sobre este pasaje indica que la mujer tenía tal derecho bajo la ley romana, pero que este derecho no era reconocido entre los hebreos. En 1 Corintios 7:13 Pablo da por sentado que en Corinto la mujer a veces tenía poder de divorciarse de su marido. Creo también que este es el fondo de 1 Corintios 7:11. En nuestra civilización de hoy una mujer tiene derechos iguales en este asunto, y el relato de Marcos de estas palabras de Cristo junto con la enseñanza de Pablo nos dan bastante base para poner al hombre y a la mujer en tales casos en un mismo nivel en cuanto a la disciplina de la iglesia.
e. Las palabras de Cristo sobre la persona divorciada
Se puede presumir que la prohibición de Cristo de segundas nupcias para la mujer que se ha divorciado de su marido (Mr 10:12) y la prohibición similar de Pablo (1 Co 7:11) con referencia a una mujer separada de su esposo tienen ambas que ver con casos en que la razón del divorcio o separación no fue la fornicación o el abandono irremediable. La mujer en tal caso debe darse cuenta de su pecado al causar la separación y, si es posible, debe regresar a su relación matrimonial original. Ella no puede contraer segundas nupcias a no ser que su marido haya roto el matrimonio por otra unión.
La regla en Mateo 5:32 y en Lucas 16:18 que enseña que un hombre que se casa con una mujer divorciada debe ser considerado como un adúltero parece muy rara a la luz de la estipulación mosaica de que la mujer divorciada, «salida de su casa [de su primer esposo], podrá ir y casarse con otro hombre» (Dt 24:2). No se puede pensar que Cristo contradiría la ley mosaica o que instruiría en contraste sin dar algún comentario. Recordando el principio de que no tenemos la enseñanza bíblica sobre cualquier asunto hasta que hayamos examinado todos los pasajes pertinentes, debemos notar que el contexto mosaico dice que si el segundo marido se divorcia de la mujer implicada, su primer marido no está en libertad de tomarla otra vez. El propósito obvio de esta ley es de prohibir un promiscuo cambio de esposas. Puesto que Cristo se refería directamente a la ley mosaica se puede suponer que sus observaciones sobre el casamiento de una mujer divorciada han de tomarse como una alusión a Deuteronomio 24:3, 4 y no como una contradicción de Deuteronomio 24:2. Esto habría sido perfectamente claro en las circunstancias en que ocurrieron las conversaciones de Cristo sobre el tema.
f. La enseñanza de Pablo sobre el divorcio
Es obvio que las palabras de Cristo sobre la permanencia del matrimonio y sobre el mal del divorcio son de importancia central. Es igualmente obvio que estas palabras no contienen explícitamente todos los factores en la enseñanza bíblica sobre este tema, sino que dan por sentados varios elementos que aparecen en otras Escrituras. Se encuentra en 1 Corintios 7 un importante pasaje tocante a este tema. Después de declarar que es mejor casarse que estar enamorado y no casado (v. 9) Pablo continúa: «Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor [y cuando Pablo usa palabras tales como estas, quiere decir que está citando directamente de algo que Cristo había dicho]: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa [se supone que por iniciativa propia], quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer».
«Y a los demás yo digo, no el Señor [no una cita directa]: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone. Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone» (vv. 10–13).
Aquí, como en Marcos 10:12, tenemos un reflejo de la ley romana que dio a la mujer el derecho bajo ciertas circunstancias de divorciarse de su esposo. Esto también nos da base para considerar que el hombre y la mujer tienen derechos iguales en tales casos.
g. El pacto de familia
La enseñanza clara de que no se debe romper un matrimonio por causa de una diferencia de fe religiosa va seguida por una de las grandes declaraciones en las Escrituras sobre el tema del pacto de Dios con la familia: «El marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos» (v. 14). La santidad aquí atribuida es una santidad de una relación pactada. Aunque Pablo no menciona la palabra pacto, es claro que tiene en mente los principios implícitos en Génesis 17:7: «Y estableceré mi pacto entre mí y ti, y tu descendencia después de ti en sus generaciones, por pacto perpetuo, para ser tu Dios, y el de tu descendencia después de ti». El hecho de que Dios es no solamente nuestro Dios sino el Dios de nuestros hijos, el Dios de nuestras familias se enseña enfáticamente en toda la Escritura, y debe ser considerado como una fuente de consolación para los padres cristianos en todas las edades y bajo todas las circunstancias. Los padres devotos pueden con toda confianza reclamar la promesa para sus hijos: «Seré el Dios de ellos» (Gn 17:8). Es sobre esta base que Pablo declara que si uno de los padres es un creyente, los otros miembros de la familia son santificados por la relación del pacto.
Estas palabras no declaran que los individuos «santificados» sean todos regenerados. Pablo dice más adelante en el mismo contexto: «¿Qué sabes tú, oh mujer, si quizás harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?» (v. 16). El creyente debe continuar constante en fe y oración obrando para la salvación del miembro inconverso de la familia. Hay dos pasajes más en el Nuevo Testamento donde se dice que los incrédulos son santificados porque están en una relación santa. En Romanos 11:16 se dice que los judíos incrédulos, a quienes se compara a las ramas cortadas de un olivo cultivado, son «santos», y en Hebreos 10:29 leemos: «¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecería el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?»
Dios es el Dios de los que, habiendo nacido en una familia del pacto, le dan la espalda. Los que desde esta santa relación de pacto rechazan la gracia de Dios, merecen un castigo mucho más severo. Vemos de estas referencias que la santa relación en el pacto familiar es un asunto muy sagrado, un asunto del que no se debe hacer burla. Este pacto es la base espiritual para la permanencia del matrimonio cristiano.
h. El abandono
Regresando ahora al tema del divorcio, después de la declaración de 1 Corintios 7:14 en cuanto al pacto familiar, Pablo continúa: «Si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios» (v. 15).
Las palabras «no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso» pueden referirse solamente a un vínculo matrimonial. Resulta clara la enseñanza de que el abandono destruye el vínculo matrimonial. En Romanos 7:2 el apóstol Pablo describe la persona casada como «libre» del vínculo conyugal cuando ha muerto el marido o la mujer; y dice explícitamente que es «libre de casarse con otro hombre». Este es el único significado que cuadra con 1 Corintios 7:15.
Por supuesto que no se contempla aquí ningún abandono pasajero. La Confesión de fe de Westminster resume la ley bíblica del divorcio en estas palabras: «Nada sino el adulterio o la deserción obstinada que no puede ser remendada ni por la iglesia ni por el magistrado civil, es causa suficiente para disolver las cadenas del matrimonio» (cap. 24, sec. 6).
i. Un cristiano abandonado por otro cristiano
El Prof. Juan Murray1 hace una distinción clara entre abandono de un creyente por un incrédulo, como es el caso en 1 Corintios 7:15, y el abandono (o el divorcio sobre una base no bíblica) de un creyente por uno que profesa ser cristiano. Mantiene, correctamente yo creo, que la Confesión de Westminster tiene razón al interpretar 1 Corintios 7:15 como permiso para el creyente, abandonado así por un incrédulo, de casarse de nuevo, como si estuviera muerta la persona culpable de tal abandono. Pero, si lo entiendo correctamente, él no cree que un cristiano, divorciado o abandonado por un cristiano profeso por razones no bíblicas, sea libre de casarse de nuevo. Si un cristiano recibe el divorcio de uno que profesa ser cristiano, y esta persona se une después en segundas nupcias, entonces bíblicamente la persona causante del divorcio ha cometido adulterio, y la persona, inocente está libre de casarse en segundas nupcias; pero no está libre de hacerlo si la persona que profesa ser cristiano y que causó el divorcio, o abandono, no se casa de nuevo o no es culpable de adulterio.
Se cree que esta posición está sostenida por 1 Corintios 7:11, que desaprueba el divorcio o el abandono y añade: «Si se separa, quédese sin casar o reconcíliese con su marido». Sin embargo, ya he sugerido que estas palabras en 1 Corintios 7:11 no se refieren a la persona abandonada sino a una persona que ha abandonado la relación matrimonial sin razón. Por ejemplo, algún cristiano puede haber pensado que una diferencia de religión justificaba la deserción de la relación matrimonial y puede haberse ido. Como yo lo entiendo, la respuesta de Pablo quiere decir que esta es una equivocación, y que la persona que se ha ido debe reconciliarse al matrimonio existente si es posible. En todo caso no tiene libertad de casarse en segundas nupcias por carecer de base bíblica la causa de la separación. En mi opinión, no hay ninguna Escritura que prohíba a un cristiano que ha sido abandonado o divorciado por razones no bíblicas por un marido o una esposa que profesa ser cristiana, el casarse en segundas nupcias siempre que la separación no pueda ser remediada; tal como un cristiano abandonado o divorciado por un incrédulo tiene libertad de unirse en segundas nupcias según 1 Corintios 7:15.
Pero sucede que la idea misma del divorcio o abandono irremediable por un cristiano es en sí misma absurda ahora que tenemos las Escrituras del Nuevo Testamento. Bien podríamos entender que un creyente en Corinto pudiera en ignorancia haber cometido el pecado de abandono o de divorcio por razones no bíblicas. Pero ahora que tenemos las palabras claras y explícitas de Cristo en contra del divorcio, y las palabras claras y explícitas de Pablo contra el abandono del matrimonio por un cristiano, parecería que los tribunales eclesiásticos debieran excomulgar a un individuo que fuera culpable de abandono o de causar un divorcio por razones no bíblicas. Tal persona debe ser juzgada un incrédulo prima facie.
j. Divorcio por homosexualidad
Es mi opinión que la homosexualidad justifica el divorcio para un cristiano. Mi argumento es muy sencillo: Si Cristo permitió el divorcio a base del adulterio, y el apóstol Pablo consideró la homosexualidad como peor que el adulterio, porque es aun «… contra naturaleza» (Ro 1:26, 27), con mayor razón el divorcio se justifica en el caso de la homosexualidad.
k. ¿Puede casarse en segundas nupcias la persona culpable en el divorcio?
El profesor Murray cree,2 correctamente pienso yo, que la Escritura no prohíbe que se case en segundas nupcias la persona culpable que se ha divorciado por razones bíblicas. Sin embargo, considera que el silencio de las Escrituras sobre este punto no justifica que la iglesia declare que se aprueba tal matrimonio. La iglesia debe guardar silencio donde la Escritura guarda silencio.
Pero si Cristo no contradice Deuteronomio 24:2, yo diría que la Escritura no guarda silencio. Es un hecho que Cristo prohíbe que se case una mujer divorciada (Mt 5:32; Lc 16:18). He sugerido más arriba que puesto que la ley mosaica de Deuteronomio 24:1–4 se sobrentiende claramente como el fondo de estas palabras de Cristo, y puesto que estas observaciones son fragmentarias, en el sentido de que no tenemos todo el contenido de su enseñanza en ninguno de estos pasajes, estas palabras de Cristo que prohíben el casamiento en segundas nupcias de una mujer divorciada deben tomarse como aprobación de Deuteronomio 24:3, 4, y no como contradicción de Deuteronomio 24:2. Esta interpretación habría sido entendida naturalmente por los contemporáneos que oyeron toda la discusión.
Debo añadir que, como cosa natural, uno que profesa ser cristiano divorciado como culpable por razones bíblicas tiene que ser disciplinado, o por excomunión, o, por lo menos, por suspensión de la comunión de la iglesia; y que tal persona, sea casada o no, no puede ser recibida otra vez a la comunión de la iglesia a menos que demuestre clara evidencia de un arrepentimiento genuino y el establecimiento de una vida santa. He sabido de grupos de cristianos que negaron el derecho de casarse en segundas nupcias a una persona anteriormente divorciada como culpable por razones bíblicas y después convertida; y que al mismo tiempo reconocieron el derecho de un individuo, que había sido notoriamente culpable de fornicación, aunque no casado, después de su conversión, a casarse. Tal punto de vista en mi opinión no se justifica en las Escrituras, y, a los ojos del mundo, aparece como una recompensa a la inmoralidad de personas no casadas. En el caso de un incrédulo, anteriormente divorciado por razones bíblicas, sea casado en segundas nupcias o no, la iglesia como cosa natural tendría que asegurarse de que fuera verdaderamente convertido y estuviera viviendo una vida sin tacha antes de admitirlo a la comunión de la iglesia.
l. La actitud del corazón
Antes de concluir la discusión de la enseñanza bíblica sobre el divorcio, debo recalcar que las fuerzas más peligrosas que amenazan destruir la integridad de la vida familiar están dentro del corazón de los individuos. La ley moral defiende la familia no solamente por el séptimo mandamiento que prohíbe el adulterio, sino también por el décimo mandamiento que prohíbe deseos ilícitos. Estas palabras de nuestro Señor Jesucristo pronunciadas en el Sermón del Monte son de suma importancia. «Oísteis que fue dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, córtalo y échalo de ti; pues mejor es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno» (Mt 5:27–29).
Para pastores y los que tratan con vidas y hogares rotos, es una observación común que el principio de las acciones pecaminosas está en el aliento deliberado de imaginaciones lujuriosas. No solamente los aficionados a diversiones que estimulan los deseos ilícitos sino también los que alimentan sus mentes con literatura sensual se llevan a sí mismos y a otros al punto de la comisión de desastroso pecado. El cristiano cuyo corazón está lleno del amor de su Señor adoptará como regla de su vida el no abrigar los impulsos sensuales que no cree caben honradamente dentro de los límites del puro amor monógamo. El hogar cristiano se puede mantener en su integridad si el pueblo cristiano mantiene esta regla en su corazón, en sus voluntades, y en sus imaginaciones. Hace años oí a un hombre muy consagrado dar esta regla para el autoexamen en el crecimiento espiritual: «¿Adónde vuelve sus pensamientos habitualmente en un período de ociosidad?»
«Cada uno es tentado cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte. Amados hermanos míos, no erréis» (Stg 1:14–16). Es imposible que los descendientes de la caída mantengan perfecta pureza en pensamiento, palabra, y hecho; pero sí es posible ocupar nuestras mentes con las cosas del Señor, a fin de no caer en una vida de pecado.
5. La relación de padres e hijos
El texto clave de las Escrituras sobre el tema de la relación de los padres a los hijos es el quinto mandamiento. «Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da» (Éx 20:12). Pablo cita este mandamiento en su Epístola a los Efesios, y lo cita como un mandamiento obligatorio para la iglesia. Su sustancia se adapta para los cristianos gentiles. En vez de decir «para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da», Pablo dice, «para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra» (Ef 6:3).
En toda la Escritura se da gran relieve a la relación paterno–filial. Dios dijo de Abraham: «Habiendo de ser Abraham una nación grande y fuerte, y habiendo de ser benditas en él todas las naciones de la tierra… porque yo sé que mandará a sus hijos y su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio…» (Gn 18:18, 19).
La instrucción de los hijos se pone de relieve particularmente con respecto a la institución de la pascua. Dios mandó: «Guardaréis esto por estatuto para vosotros y para vuestros hijos para siempre. Y cuando entréis en la tierra que Jehová os dará, como prometió, guardaréis este rito. Y cuando os dijeren vuestros hijos: ¿Qué es este rito vuestro? vosotros responderéis: Es la víctima de la pascua de Jehová, el cual pasó por encima de las casas de los hijos de Israel en Egipto, cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas» (Éx 12:24–27). El mismo mandamiento se repite en sustancia con respecto a la fiesta de los panes sin levadura: «Y lo contarás en aquel día a tu hijo, diciendo: Se hace esto con motivo de lo que Jehová hizo conmigo cuando me sacó de Egipto» (Éx 13:8).
Otra vez se recalca la relación de los padres y los hijos con respecto al gran mandamiento tan prominente en el pensamiento de todo el pueblo judío aun hoy: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Dt 6:4, 5). Se añaden estas palabras inmediatamente: «Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes» (Dt 6:6, 7).
a. La disciplina
Los deberes de los padres a sus hijos incluyen más que la mera educación. Pablo manda: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor» (Ef 6:4). Una enseñanza semejante se encuentra en las palabras «Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten» (Col 3:20, 21).
Entre las muchas referencias a la instrucción de los niños en el libro de los Proverbios, quizás la más conocida es: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él» (Prv 22:6). Debe notarse que la palabra «instruye» chanach implica dedicación o consagración. No hemos «instruido» a nuestros niños en el sentido bíblico hasta que los hayamos traído al lugar de dedicación y consagración al Señor.
b. La educación
El pueblo de Dios ha entendido generalmente que su pacto familiar con el Señor implica una educación religiosa para sus hijos. ¿Cuándo está instruido o educado el niño en el sentido bíblico? ¿Cuándo está completamente cumplida la obligación de los padres? No creo que se pueda encontrar una respuesta formal en las Escrituras, o que se puedan trazar líneas teóricas exactas. Parece evidente que hay que inducir a nuestros hijos a que asuman una porción apreciable de la responsabilidad por su propia educación a una edad relativamente temprana, y esto para su propio bien. Parece claro que los padres deben ayudar a sus hijos en su educación formal, y seguir aconsejándolos en el Señor al máximo de su capacidad. En nuestra civilización, la preparación para la vida es bastante prolongada, y la preparación para el liderazgo espiritual frecuentemente es una lucha larga y dura así para los padres como para los hijos.
c. Escuelas cristianas
El asunto de escuelas cristianas es definitivamente pertinente a la enseñanza bíblica sobre la relación de los padres y los hijos. No creo que podamos pretender que la Biblia demanda que las escuelas sean manejadas por la iglesia organizada. Un número considerable de gente piadosa en el día de hoy, particularmente en la iglesia reformada cristiana, sustenta la opinión de que puesto que la Escritura manda que los padres como padres sean responsables de la educación de sus hijos, grupos de padres como padres, no como iglesia, deben asociarse para mantener escuelas cristianas. No puedo ver que el argumento sea concluyente, aunque por supuesto no hay ningún argumento bíblico en contra de tal método allí donde sea practicable. Hay muchas cosas que Dios ha mandado que hagamos que podemos hacer propiamente a través de la iglesia u otras agencias. No creo que la Escritura mande que organizaciones de padres, o iglesias como tales, tomen el control de la educación, pero sí creo que en muchas comunidades los padres o las iglesias, o grupos de individuos competentes, tienen que organizar escuelas cristianas.
Hay muchos cristianos serios hoy día que sostienen que es malo que los cristianos manden a sus hijos a las escuelas seculares. Yo alegaría que la instrucción en el temor de Dios es absolutamente necesaria y que la oposición de las influencias malas hasta donde sea posible es claramente el deber de los padres cristianos, pero no puedo ver que la Biblia prohíba que nuestros hijos tomen ventaja de las escuelas controladas por el estado si no hay nada mejor a nuestro alcance. Los padres cristianos pueden insistir en que las escuelas públicas sean mantenidas por lo menos hasta el nivel de las normas bíblicas para la moral pública. Aunque es imposible en este mundo asegurarse de que no serán enseñadas las doctrinas contrarias a la fe cristiana, aun en escuelas bajo el control de grupos definitivamente cristianos, sin embargo hasta cierto punto podemos insistir en que las doctrinas anticristianas no sean enseñadas en las escuelas públicas.
d. ¿Qué nivel de escuelas?
El asunto del nivel de educación que se debe mantener bajo los auspicios cristianos es muy difícil. Hay cristianos que sostienen que las escuelas primarias son de mayor importancia. Un eminente líder cristiano me citó Proverbios 22:6 como evidencia de que no se necesitan universidades cristianas. Repliqué que su texto contradecía su argumento. No hemos instruido al niño en el sentido bíblico si hemos cesado de darle la mejor preparación cristiana posible hasta la terminación de su educación.
Es abundante y clara la evidencia de que las escuelas primarias, secundarias, y universitarias cristianas han hecho una contribución grande al mantenimiento y extensión de la fe cristiana. La cuestión es de índole práctica. Es un hecho que influencias malsanas y aun inmorales penetran en las mismas escuelas cristianas. La juventud tiene que aprender a ser siempre prevenida. Si las escuelas públicas son mantenidas bajo normas elevadas de moral pública, y si muchos de los profesores son cristianos, y si la enseñanza anticristiana se elimina o se contrarresta firmemente, con la ayuda de los hogares cristianos e iglesias y sociedades de jóvenes cristianos, los jóvenes pueden pasar por los niveles primarios y secundarios con un mínimo de peligro para su vida y su testimonio cristianos.
Cuando llegamos al nivel universitario, me parece que el peligro a la fe y vida cristiana es mayor, y que hay más necesidad de un control cristiano específico. Sin embargo, este campo es uno en que tienen que tomarse en cuenta la conveniencia y la factibilidad. Muchas de las así llamadas universidades cristianas, especialmente las que son controladas por las denominaciones mayores, han sido completamente infestadas con la incredulidad y ofrecen un ambiente peor para el joven cristiano que la universidad secular. Es mejor que nuestros jóvenes no esperen ayuda cristiana de la facultad en vez de estar bajo la influencia de profesores incrédulos que encubren su infidelidad con frases pías.
¿Qué podemos decir en cuanto al nivel postgraduado? Probablemente estaremos de acuerdo en que en la instrucción teológica postuniversitaria necesitamos seminarios cristianos sanos en doctrina. En verdad podemos aprender hebreo de rabinos incrédulos, como Calvino y Lutero lo hicieron, y como Jerónimo mucho antes que ellos. Podemos aprender griego de los que enseñan las obras clásicas, que saben el idioma aunque no conocen al Señor. Pero cuando se trata de un entendimiento doctrinal y espiritual de las Escrituras parece bastante obvio que una preparación sana bajo profesores sanos es una necesidad absolutamente vital.
¿Pero qué diremos de las otras ramas de la educación? También es cuestión de lo que es factible. Ha habido universidades cristianas pero, que yo sepa, la incredulidad e infidelidad se han apoderado de las escuelas postgraduadas establecidas bajo auspicios cristianos en toda Europa y los Estados Unidos. En principio es de desear que la educación bajo auspicios cristianos debe extenderse en instituciones privadas hasta donde sea posible. Me parece, no obstante, dadas las cosas como son, que sería preferible para el pueblo cristiano concentrar sus esfuerzos sobre la educación cristiana en escuelas primarias, secundarias, y universitarias, con solamente un programa limitado de instrucción postgraduada.
e. Educación postgraduada
¿Cuánto de la educación postgraduada de nuestros jóvenes puede ser ofrecida bajo auspicios cristianos en el futuro cercano? He indicado que la educación teológica tiene que ser definitivamente bajo auspicios cristianos, y creo que todos estarán de acuerdo con esto. A mi modo de ver el problema de la educación cristiana en nuestra cultura en este punto de la historia, creo que sería posible que el pueblo que cree la Biblia mantenga una escuela postgraduada con las normas educacionales más altas, que ofrezca los grados más altos, en las ramas académicas comúnmente enseñadas a nivel secundario y universitario (de artes liberales). Estoy hablando a favor de que el pueblo cristiano bajo auspicios cristianos ofrezca enseñanza en teología y en todos los ramos relacionados, en literatura e idiomas modernos y antiguos, en filosofía, sicología, educación, y en todas las ciencias sociales y las ciencias de laboratorio. Este programa en sí mismo sería muy caro y requeriría amplias facilidades de bibliotecas, laboratorios, y otras, pero proveería profesores cristianos bien preparados para las escuelas secundarias y las universidades de artes liberales, y evitaría el gasto enorme de ofrecer cursos completos en medicina, leyes, ingeniería, y otras disciplinas profesionales.
Esta sugerencia es sana en principio y de acuerdo con la enseñanza bíblica sobre la instrucción de nuestros hijos. Además, creo que queda dentro de los recursos del pueblo cristiano de hoy; y es factible si todos los que ocupan posiciones de autoridad mantienen rígidas normas de fe y conducta desde el principio.
f. Conclusión
Tal vez lo más glorioso que se pueda decir en cuanto a la doctrina bíblica de la familia es que la relación entre el marido y la esposa y entre los padres y los hijos se usa como metáfora para la relación entre Dios nuestro Padre Celestial y Cristo nuestro Salvador y la Iglesia. Es verdad que la relación matrimonial humana no será perpetuada en la eternidad. «En la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles de Dios en el cielo» (Mt 22:30; cf. Mr 12:25; Lc 20:34–36; 1 Co 15:50). Pero no hay metáfora más hermosa para la relación de Dios con su pueblo que la relación matrimonial, reiterada en toda la Biblia. En el Antiguo Testamento se califica constantemente el culto de dioses falsos como infidelidad a la relación matrimonial. En el Nuevo Testamento la misma idea se presenta bajo la figura de la Iglesia como la novia de Cristo. «Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha» (Ef 5:25–27).
De la misma manera la metáfora de la relación entre padres e hijos se usa en toda la Biblia para ilustrar la relación entre Dios y sus elegidos. «Por lo cual, salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, y no toquéis lo inmundo; y yo os recibiré, y seré para vosotros por padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Co 6:17, 18).
[1]


1 John Murray, Divorce (Comité de Educación Cristiana de la Iglesia Presbiteriana Ortodoxa, 1953), pp. 69 ss.
2 Murray, Divorce, pp. 100 ss.
[1]Buswell, J. Oliver: Teología Sistemática, Tomo 2, El Hombre Y Su Vida De Pecador : Buswell, J. Oliver. Miami, Florida, EE. UU. de A. : LOGOI, Inc., 1980, S. 389

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