lunes, 13 de enero de 2014

El miedo

“Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio” 2 Ti 1.7

Este pasaje se encuentra contextualizado en el capítulo 01 de la 2 carta del apóstol Pablo a su discípulo Timoteo, donde le anima a continuar la obra misionera y le recuerda el poder recibido de Dios.
En forma introductoria vamos a diferenciar y conceptualizar las diferencias entre cobardía y miedo.
El miedo según el diccionario es “una emoción generalmente desagradable ante una percepción de peligro”. En cambio la cobardía se parece más al pánico y aunque tiene que ver con el miedo, no es lo mismo. Conceptualmente hablando la cobardía, es la incapacidad para realizar una acción por falta de valor y aunque se alimenta del miedo y del temor no es lo mismo. En otras palabras la cobardía se define como la anulación del valor.

No obstante Dios no nos ha dado espíritu de temor, sino de poder, de amor y de dominio propio para enfrentar dificultades y peligros; el espíritu de amor a Dios nos hará vencer la oposición. El espíritu de una mente sabia, nos dará la tranquilidad mental. Pero no todos los temores son necesariamente malos (lo cual no quiere decir que sean buenos), como por ejemplo:

El miedo a lo desconocido, el temor a Dios y el temor preventivo ante un posible peligro.

Sin embargo a veces sentimos miedo ó temor por diversas cosas, que evidentemente no son agradables a Dios y en muchos casos infundadas, Por ejemplo:

Sentimos temor por nuestro matrimonio, si va a durar ó no, si no aguantamos más los problemas, si podemos cumplir con las expectativas.
Sentimos temor en nuestros negocios, cuando crecen nuestras deudas, cuando caen las ventas, cuando se acaba el dinero, etc.
Sentimos temor en nuestro trabajo, si nos lo van a dar, si nos van a despedir, si lo hacemos bien.
Sentimos temor, cuando no alcanzamos nuestros sueños o metas y vemos que quizás otros sí...
Sentimos temor cuando escuchamos las diarias noticias desagradables y pensamos el lo que nos podría acontecer.
Sentimos miedo cuando pensamos en el advenimiento de una posible enfermedad, las medicinas, etc.

No todos los temores son malos ya que en algunos casos nos pueden ayudar a prevenir el peligro, como el instinto de conservación ante una situación de riesgo. Pero el miedo no es lo que Dios espera de nosotros normalmente, por lo cual tenemos que ejercitarnos para no entrar en pánico y aprender más del amor, la humildad y de la confianza.

En primer lugar, tenemos que entender que el miedo es una elección, ya que independientemente de las circunstancias que estemos viviendo, somos nosotros los que elegimos como reaccionar ante ellas. Lamentablemente en muchos casos hemos aprendido a tener miedo, lo cual resulta en que en el 90% de las veces el miedo es solo una reacción sobre cosas que nunca pasa y solo en un 10% de nuestros miedos generales podrían acontecernos.
Pero nuestra elección si va a afectar nuestros resultados, si elegimos el miedo vamos a generar estrés, depresión y vivir un mundo de mentiras.

En segundo lugar, tenemos que aprender a incorporar a nuestras vidas habilidades, que hagan posible el logro de mejores expectativas y resultados. Pero si estas en pánico no puedes aprender a mejorar tus habilidades y probablemente necesites de otra persona calificada para ayudarte.
Tenemos que aprender de las diferentes vivencias y buscar entender si nuestras metas están alineadas con el plan de Dios para nosotros.

En la vida nos vamos a encontrar muchas veces con el miedo, pero es tu decisión salir de esta situación recordando las promesas de Dios.
Esfuérzate y se valiente…” Josué 1:6
“...yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo
Mt 28:20

¿Cuál es la solución?
Cada caso es distinto pero en general podría afirmar que lo primero es confiar en Dios y buscar la ayuda de profesionales cuando sea necesario. Y así como aprendamos a tener miedo tenemos que aprender ahora a tener valor.
La constante presencia de Cristo nos fortalecerá y estimulara en toda situación. Nuestra mayor confianza es que no hay día. Ni hora en que nuestro Señor Jesús no esté con nosotros.
Nuestra tarea es creerle a Él y confiar en su voluntad.